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Una estrategia no tan nueva para Afganistán

*José Luis Calvo Albero

Como es habitual en la administración Trump, la presentación de la nueva estrategia para Afganistán se ha apartado de los formatos habituales. La única referencia oficial es un discurso de veintiséis minutos del Presidente ante una audiencia militar en la base de Fort Meyer. La ausencia de documentos públicos, y las muchas similitudes con la estrategia aplicada durante la anterior administración, han hecho dudar a algunos comentaristas de que realmente estemos ante algo nuevo.

La razón principal para formular una nueva estrategia es que el conflicto más largo en la historia de Estados Unidos no puede finalizar como el de Vietnam, con los Talibán derribando las puertas de la embajada norteamericana en Kabul. Algo que, a la vista de creciente presión de la insurgencia sobre el terreno, podría ser posible si Washington se desentiende del conflicto.

Entre lo expuesto por el presidente Trump se encuentran algunas de las reivindicaciones tradicionales de los mandos militares que han participado en el conflicto. Por ejemplo, la queja por la publicitación sistemática de planes, plazos, fuerzas y objetivos, o el vincular las decisiones políticas a plazos temporales, en lugar de a condiciones objetivas sobre el terreno. Desde un punto de vista militar esto resulta bastante razonable, aunque desde un punto de vista político suponga arriesgarse a acusaciones de falta de transparencia, o a que la falta de progresos en las operaciones provoque un alargamiento interminable de la implicación norteamericana. Obama no estaba dispuesto a ello en absoluto pero, sorprendentemente, Trump parece más abierto a aceptar la paciencia estratégica.

La advertencia de Trump a Pakistán de que no se toleraran más ambigüedades, y que se espera una colaboración  honesta en la lucha contra la insurgencia en Afganistán es una novedad relativa. Todos los análisis militares del conflicto han coincidido en que la principal razón para la supervivencia de la insurgencia en Afganistán es la existencia de una base de operaciones relativamente segura en Pakistán. El doble juego de las autoridades pakistaníes, apoyando a veces a Estados Unidos pero orientando siempre la belicosidad pastún hacia su vecino afgano, ya exasperó en su día a Obama. El problema es que esa actitud está firmemente asentada en la cultura geopolítica pakistaní, y será difícil de cambiar. No está claro que la mención del Presidente a un acercamiento a la India, el archienemigo de Pakistán, vaya a facilitar este cambio.

Entre las habituales frases altivas y eslóganes contundentes, Trump dejó caer que no descarta la posible presencia un día de los talibanes en el gobierno afgano. Una concesión a la negociación que quizás sorprenda en Trump, pero que tampoco constituye ninguna novedad. De hecho el gobierno afgano y los talibán ya mantuvieron conversaciones en 2013 y 2016 en Qatar. La necesidad de contar con los Talibán para la estabilización definitiva del país es algo más o menos asumido por las autoridades norteamericanas, previa compromiso de cesar cualquier tipo de apoyo al terrorismo internacional.

Pese a las aparentes novedades, el núcleo de la estrategia sigue siendo el mismo. Un número mayor, pero todavía muy limitado, de fuerzas norteamericanas seguirán entrenando y asesorando a las fuerzas de seguridad afganas que mantendrán la mayor parte del peso del esfuerzo militar. Las tropas norteamericanas podrán conducir operaciones contraterrorismo puntuales, y utilizar capacidades muy específicas de apoyo de fuegos, evacuación médica o comunicaciones en apoyo de sus aliados, pero su participación en los combates será ocasional. Más o menos la situación de los últimos años. Tampoco hay grandes novedades sobre un aumento de los fondos de apoyo al gobierno afgano, aunque algunas menciones de Trump al rechazo de la ayuda al desarrollo y el natíon-building no fomentan el optimismo en este aspecto.

Resulta difícil concebir como se va a suprimir la ayuda al desarrollo a uno de los estados más pobres y desestructurados del mundo que, para gestionar un conflicto armado endémico, debe  sostener unas fuerzas de seguridad de más de 300.000 efectivos. Si eso se convierte en realidad el gobierno de Kabul sencillamente colapsará. Probablemente Trump se refería al abandono de los esfuerzos para convertir Afganistán en algo semejante a una democracia occidental, pero esa idea hace tiempo que se abandonó.

Así pues, la nueva estrategia introduce algunas ideas nuevas e interesantes, junto a otras no tan nuevas y una concepción general no muy diferente de la aplicada por Obama. Tras las palabras de Trump se percibe la influencia de los generales que en las últimas décadas sufrieron en sus carnes el avispero afgano; su ansia por corregir viejos defectos de forma y su impotencia para encontrar soluciones realmente nuevas para un conflicto muy complejo que ya ha durado demasiado.

*José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional de la Universidad de Granada (GESI)


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